Trabajar viajando: bye Dallas. Hello New Jersey

Trabajar viajando

Trabajar viajando: bye Dallas. Hello New Jersey

Trabajar viajando. Así es mi vida en los últimos años. Ahora estoy aquí, mañana estoy allí. Mis amigos dicen que me muevo más que Willy Fog o que soy la versión femenina de “¿Dónde está Wally?”. Y bromean conmigo, asegurándome que no se atreven a comprar los billetes de avión con antelación, para venir a visitarme, porque temen que para la fecha del vuelo ya nos hayamos vuelto a mudar.

 

Sí, queridos lectores, ya no vivo en Dallas. Después del verano, abandonamos el Lejano Oeste y nos trasladamos al estado jardín, Nueva Jersey, muy cerca del cosmopolita Nueva York. ¿Cómo es mi vida ahora? Una mezcla entre la vida pija-rural-neojerseíta (el gentilicio de esta gente se las trae) y la sofisticada cotidianidad neoyorkina.

En mi caso, el responsable de tanto cambio de domicilio no es mi trabajo como freelance: es mi marido. Bueno, seré justa, no es mi marido exactamente, es la empresa multinacional en la que trabaja. Últimamente nos tienen mareados con tanto movimiento de maletas, que ya parecen la versión moderna del baúl de la Piquer.

Afortunadamente, soy freelance dedicada a la escritura y mi vida profesional va conmigo dentro de una funda de ordenador. Pero eso no significa que reasentarme laboralmente, en cada uno de los cambios de ciudad y país que he tenido, me resulte fácil.

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Los freelances tenemos una capacidad de adaptación y acomodación impresionante. Somos camaleónicos y nos mimetizamos con el ambiente laboral allá donde vamos. Sufrimos en silencio los cambios, como si tuviéramos hemorroides. Está bien, no siempre lo hacemos en silencio. A veces gritamos, pataleamos y lloramos en nuestra desesperación. No exagero, podéis preguntarle a mi marido si no me creéis. Pero ¡caramba! Somos humanos y tenemos sentimientos.

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Esto de la aventura de la adaptación y la exposición a nuevos retos está muy bien. Los cambios siempre son enriquecedores y motivadores. Sin embargo, también resultan agotadores y desconcertantes, en especial si se producen en periodos cortos de tiempo.

En las primeras semanas, tras el cambio, el concepto romántico de la mudanza queda sepultado por las cajas de cartón que esperan ser abiertas y las horas de trabajo ocupadas en asentar y recolocar la nueva vida. Todo es nuevo otra vez y hay que aprender a vivir, en la nueva comunidad, conforme a las reglas que allí se utilizan. Conocer todos los detalles puede llevar meses. Abarca cuestiones tan diversas como la conducción; que no es igual en todos los sitios pese a que pueda pensarse lo contrario, los horarios de los comercios, los mejores lugares para hacer compras, el tipo de ropa que es necesario, los entresijos legales de la seguridad social o los contratos laborales… Todos y cada uno de estos aspectos, aunque muchos sean del ámbito personal, afectan al desempeño profesional: unos por el tiempo empleado y otros por la falta de concentración.

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En estas ocasiones, ser freelance es una ventaja y una desventaja. Es una ventaja porque nadie vigila en qué ni cómo empleas las horas del día. Asimismo, las oportunidades laborales siempre son mayores que si se busca un empleo por cuenta ajena. Además, en muchos casos y dependiendo del tipo de trabajos que se realicen, la mudanza no significa una ruptura con los clientes, lo que aporta una continuidad al desempeño profesional. Pero también existen desventajas, como que no haya ninguna empresa local detrás de ti que haga todo el proceso legal de asentamiento laboral y te ayude en el plano personal.

Para solucionar las dificultades que afronta el freelance, recién llegado a su destino y “solo ante el peligro”, tengo dos reglas de oro. Una es localizar un buen coworking y trabajar en él, al menos unas horas a la semana. Es el mejor lugar para conocer las reglas locales del juego laboral y establecer contactos con personas de carne y hueso con las que hacer networking.

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La segunda de mis reglas es hablar con todo el mundo y comunicar mis inquietudes y necesidades. Los vecinos, los dependientes, los profesores de mis hijas, los trabajadores de la biblioteca… son fuentes invalorables de ayuda y conocimiento. Pero ¡ojo! Hay que “dar la chapa” de forma moderada y simpática para no correr el riesgo de convertirse en el “plasta” de turno al que todo el mundo huye o evita. Muchas de las recomendaciones y ayudas que he tenido, a lo largo de tantos cambios, han venido por esta vía y realmente me han ayudado mucho a encontrarme como en casa, en muy poco tiempo.

Como punto final de este post me quedo con una frase que he leído recientemente: “Una mudanza no es el fin del mundo, es el inicio de uno nuevo al que hay que acostumbrarse”. Y en eso estoy yo, en acostumbrarme a mi nuevo mundo. La vida de los freelances es así, cambios constantes de guion a los que hay que adaptarse para no morir.

En portada: imagen de la película Boyhood (Momentos de una vida)

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Nuria Calle

Periodista freelance y escritora. La rutina no es lo suyo, por eso decidió lanzarse a la aventura de ser escritora y contar sus vivencias como ciudadana del mundo. En los últimos siete años ha vivido en Suecia, en España y en Estados Unidos. Ahora termina de trasladarse de Dallas a New Jersey.

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