Cuando te conocí me caíste mal. Socios de coworking

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Cuando te conocí me caíste mal. Socios de coworking

Un coworking es un sitio estupendo para encontrar el amor empresarial; la media naranja que te hace falta para completar tu proyecto de trabajo. Una persona con la que compartir pesadillas y pasiones profesionales; un hombro en el que apoyarse y una mente a la que recurrir.

 

Acababa de abandonar mi tediosa y aburrida vida de asalariado. Estaba acojonado, pero no lo suficiente como para no traspasar la puerta del coworking, directo al autoempleo. No sabía muy bien cómo iba a ser esto de los espacios colaborativos, así que contraté uno de los puestos “calientes”. Ingenuo de mí pensé que, si frecuentaba dos semanas el mismo sitio, lo adquiriría por norma no escrita. Era una convicción mía más que un hecho real.

Mi convicción infantil se hizo añicos el día en el que apareció ella: la usurpadora. Me acuerdo bien porque, desde donde estaba, tenía una visión espléndida de mi sitio favorito al lado de la ventana, pero yo no era el que lo ocupaba, era ella. Digamos que no empezamos con buen pie. Ya la había visto alguna que otra vez por los desayunos mensuales, pero sus conversaciones sobre metodologías ágiles, scrum y experiencia de usuario me interesaban más bien poco. La compañía de otros coworkers, más afines a mi campo, me era más grata.

Era raro. Desde el día de la usurpación, la comencé a ver con más frecuencia. Era como esa sensación que tienen las embarazadas de que solo ven embarazadas. Ahí estaba ella: lloviese, nevase o fuese día de fiesta. Era una tía trabajadora a juzgar por mis observaciones. Por aquel entonces, ya me había pasado a los puestos fijos y aproveché un descanso para curiosear un poco sobre eso de las metodologías ágiles. Antes de darme cuenta, estaba atrapado en una espiral de búsquedas en la red sobre experiencia de usuario e interfaces. Tenía, al menos, veinte pestañas abiertas en el buscador de las que saltaba, de una a otra, absorbiendo información. Admito que, por primera vez, estaba interesado en esos temas.

Se podía decir que era un buen coworker, me encantaba serlo. Consultaba a otros usuarios, ofrecía mi ayuda, colaboraba con el espacio, casi todo el coworking formaba parte de mi red de contactos… casi todos, menos ella. Hasta que llegó aquel día: el festivo en el que cerró el coworking. Al parecer, los dos habíamos ido tan ensimismados a trabajar que habíamos olvidado por completo que el espacio estaba cerrado.

Allí estábamos los dos, portátil en mano, como pasmarotes frente a la puerta. Nos miramos, me lanzó una mirada cómplice y se echó a reír. Sus carcajadas fueron tan fuertes que me sonrojé.

—¡Vaya par de gilipollas! — Me dijo, mientras intentaba dejar de reírse.

No dije nada, me quedé callado. Ya decía el rubor de mi cara todo lo necesario: “Estúpido, estúpido y estúpido. Mira que no acordarte”. No tenía muchas ganas de hablar con ella y mientras pensaba una excusa me abordó:

—Bueno ¿qué? Habrá que aprovechar el día ¿no? ¿Un café?

No sé si fue el subconsciente, mi incipiente interés por su profesión o mi nula capacidad de decir “no” lo que me llevó a aquella cafetería.

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Una hora y dos cafés después, aún estábamos allí sentados. Empezamos por lo obvio, con temas del trabajo, pero después pasamos a las batallitas de juventud. Me lo estaba pasando sorprendentemente bien. Casi me había olvidado de las entregas de ese día, cuando se me encendió la bombilla. Fue uno de esos “momento eureka” que no puedes dejar escapar. Era la idea de mi vida. No lo dudé, cogí el teléfono y la apunté. Ya se sabe que las ideas felices son tan buenas como fugaces. Ella se percató y me preguntó qué era eso que me rondaba y que tan rápido había apuntado. Yo me resistí.

—Es una idea, una de las buenas, no es de esas que se cuentan en un bar —le dije—. Es de las que se cuenta en un despacho.

Ahí quedó la cosa. Yo seguía con la idea en la cabeza, era realmente buena, tanto que mi trabajo de freelance empezaba a parecerme cosa del pasado. Estaba eufórico, quería llevarla a cabo. Me documenté hasta que la información me salió por la orejas, pregunté al coworking entero y todos me recomendaron lo mismo: “A ti lo que te hace falta es…”.

—Tú.
—¿Yo?— dijo ella.
 

Me lancé, casi sin pensar. Sabía que era la adecuada. Con ella todo iría sobre ruedas.

—Sí, me hace falta una diseñadora de experiencia de usuario.
—Bien, cuéntame — no lo dudó ni un instante.
 

Yo ya sabía que eso era un sí.

—No, aquí no — le dije —. Mejor en el despacho de nuestro proyecto, que es donde se cuentan las ideas importantes.

Esbozó una sonrisa, se acordaba de nuestro café. Eso fue suficiente para empezar a contarle lo que se convertiría en nuestro primer proyecto de trabajo juntos. No éramos los más cercanos, tampoco era mi gran amiga dentro del coworking, pero juntos teníamos la mejor sinergia, el mejor equipo. Era mi media naranja emprendedora.

A veces lo pienso, ¿qué habría sido de todos nuestros éxitos si no me hubiera quitado el sitio aquel día…?

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En portada: imagen de la película Dos tontos muy tontos

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Diego Sánchez

Periodista y comunicador audiovisual de formación. Periodista freelance y maquetador editorial como profesión actual. Siempre en busca de la creatividad y con un escudo de optimismo.

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