Yo soy un nómada del siglo XXI, ¿y tú?

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Yo soy un nómada del siglo XXI, ¿y tú?

La evolución de la vida es constante. Parece como si el momento actual que vivimos fuera muy moderno y los tiempos pasados muy antiguos. Pero no, creo que incurrimos en un error si damos por real esta afirmación.

La otra tarde tuve una revelación: soy una nómada digital en pleno siglo XXI. Llegué a esa conclusión yo solita, sin ayuda de nadie, sin leer nada que me indujera a pensar tal cosa. Fue un chispazo mientras preparaba una tortilla de patata para mis hijas. Y me sentí muy orgullosa de mi ingenio y capacidad de análisis.

Sentí que tenía que compartir con el mundo mi brillante conclusión. ¡Perfecto!, ese iba a ser el tema para mi post. Quería compartir con todo aquel que quiera leerme cómo me siento siendo freelance y cambiando de domicilio y país cada cierto tiempo.

En los minutos en los que mi mente vagaba reflexionando sobre mi panorama laboral al tiempo que cuajaba los huevos, comprendí que no estaba sola, que éramos muchas las personas que estábamos en la misma situación, y que todas compartíamos rasgos comunes. A la vez, una rápida idea en forma de comparación pasó a través de mis neuronas: los nómadas no estaban en vías de extinción ni eran un fenómeno primitivo y en desuso. Al contrario, razoné para mis adentros, lo que ha ocurrido es una transformación del concepto clásico. Los antiguos nómadas cambiaban sus residencias en busca de faenas relacionadas con el campo, la agricultura, la ganadería o con oficios artesanales. La industrialización y la globalización han supuesto la reducción de ese tipo de nomadismo, pero ha impulsado otro género, el asociado a los trabajos ligados al mundo digital y tecnológico.

Me gustó darme cuenta que formo parte de una comunidad, que no estoy sola. Que son muchos los que deben sentir mis mismas inquietudes, alegrías y miedos. Y también somos muchos los que nos enfrentamos a los mismos problemas y trabas.

¡Y tantos que somos! Al empezar a documentarme para escribir este post me he dado cuenta que mi conclusión no era tan innovadora como yo pensaba. Hay hasta un nombre para definir a este colectivo: «nómada digital». ¿Y qué es eso? preguntaría mi abuela. Pues después de leer varias definiciones yo diría que es una persona que va viviendo en distintas partes del globo terráqueo (por el momento, que pronto será también fuera de La Tierra) y aprovecha la tecnología para trabajar de forma remota desde lugares como cafeterías, bibliotecas, casas, centros de negocio o coworking.

Al igual que yo, muchos otros trabajadores vivimos un momento en el que la tecnología, los viajes y la vida personal se han enlazado tanto que han acabado por crear un estilo de vida en si mismo. Las posibilidades que ofrece la tecnología son cada vez más. Internet, potentes teléfonos móviles, wifi, aplicaciones para videoconferencia como Skype… ya no es imprescindible una oficina tradicional, incluso yo diría que un despacho al uso limita mucho el desarrollo profesional y laboral.

La crisis y la búsqueda de oportunidades en otros lugares diferentes a la residencia original, unido al interés que despierta viajar y conocer otras culturas, son piezas fundamentales de este resurgir nómada. Cada vez es más fácil irse a vivir a otro lugar. Las comunicaciones han mejorado tanto que lo que antes era una excepción ahora es lo común. Coger un tren, un coche o un avión es casi lo mismo que tomar el metro o el autobús. Y la facilidad de utilización de teléfonos y ordenadores también es cada día mayor. Por eso es facilísimo echar mano de la mochila con el portátil y ponerte a trabajar allá donde lo necesites… pero con matices.

Cuando llego a una nueva ciudad y tengo que buscar mi espacio para trabajar sigo un protocolo creado por mi misma, aunque creo que debe ser muy parecido al de otros nómadas digitales o frelances 2.0, que también es un termino muy propio para definirnos. Lo primero que hago es analizar cómo se plantea en ese momento mi vida personal y si voy a poder trabajar desde casa o no. Si preveo que la mejor opción no es el trabajo desde la cocina o el salón hago un barrido por los espacios de coworking, las oficinas compartidas y los centros de negocio. Me informo por internet, elijo algunas que me interesen, las visito, veo precios y hago una estimación coste-beneficio. En paralelo paseo por la ciudad, me empapo de su ritmo y sus costumbres e intento sentirme inmersa en ella. Así testeo si la gente trabaja en los cafés, las bibliotecas o los parques. Antes de tomar la decisión final hago un balance entre mis necesidades, mis recursos y las mejores vibraciones que haya sentido entre todos los lugares visitados.

Un capítulo que no hay que olvidar nunca en esta aventura del viajar y trabajar es el asunto del pago de impuestos. No existen fórmulas mágicas y cada uno debe encontrar aquella en la que se sienta cómodo y seguro, pero la que yo prefiero, sobre todo si se trabaja de forma internacional, es un buen gestor en la ciudad de origen que coordine todo el tema impositivo y que, si es necesario, ante una duda tenga la iniciativa de ponerse en contacto con un colega del lugar en el que haya surgido el problema.

Trabajar como freelance y viajar tiene luces y sombras. Implica disciplina, entusiasmo y mucho sentido del humor para vencer las adversidades que se van encontrando. Pero aquellos que tenemos un trabajo que nos permite echarnos el ordenador a la espalda, debemos sentirnos muy afortunados, pues nuestras oportunidades de crecer en nuestra profesión y como personas son muy grandes.

En portada: imagen de la película Sutak, nómadas del viento

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Nuria Calle

Periodista freelance y escritora. Tras vivir los últimos años en Suecia, ha decidido lanzarse a la aventura de ser escritora y contar sus vivencias en tierra escandinava. También escribe el blog Escenas cotidianas.

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