La terrible historia del autónomo que hizo huelga

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La terrible historia del autónomo que hizo huelga

Érase una vez un autónomo intrépido. Un emprendedor de manual, tenaz y valiente, que no se amedrentaba ante la adversidad. Pero un día su alma autónoma se quebró y empezó a tener pensamientos impuros, pensamientos… de asalariado.

 

El descontento social, la crisis, la falta de clientes… Era principios de noviembre de 2012, en pleno ojo del huracán de la crisis financiera y cada vez quedaban menos de los nuestros, pero aguantábamos como jabatos. Se empezaban a oír voces de protesta, la población estaba desesperada. Bueno, más bien los asalariados porque, como bien es sabido, la desesperanza no tiene cabida en el corazón de un trabajador por cuenta propia.

Algunos grupos de representantes empezaron a quejarse, se llamaban sindicatos, nunca antes había reparado en ellos. Hablaban de ir a la huelga, “todos contra la austeridad” gritaban. Pero ¿me lo decían a mí?

Era la primera vez que escuchaba esa palabra… “huelga”. No pertenecía al argot emprendedor y tuve que buscarla en el diccionario: “paro voluntario en el trabajo por parte de los trabajadores con el fin de obtener ciertas mejoras laborales”. Un paro voluntario… no entendía nada. Yo, como ejemplar trabajador por cuenta propia, nunca había hecho eso de parar, ¿sería bueno para mi salud? Pero claro, también estaba la parte de las mejoras. Mi cabeza bullía con un sinfín de pensamientos nuevos. De todas formas, llevaba dos meses sin facturar nada, no tenía nada mejor que hacer.

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Terminé por preguntarle a un colega que parecía entendido en el tema: “Nada, José, tú a eso ni caso, que nosotros no tenemos derecho a huelga”. Pero la idea me seguía rondando por la cabeza, así que me puse a investigar. Resulta que había una ley preconstitucional que hablaba sobre la huelga, pero por más que leía… nada. No me iba a rendir tan fácilmente. Sin darme cuenta terminaba todas las conversaciones hablando sobre derechos laborales. ¿Qué me pasaba? ¿Estaría enfermo?

Al final di con una sentencia del Constitucional de 1981 que dictaminaba que la huelga se entendía solamente para trabajadores por cuenta ajena. ¡Maldita sea! Ya era tarde para mí, los pensamientos de trabajador por cuenta ajena se habían apoderado de cada recoveco de mi cerebro, pero aún era autónomo y ese descubrimiento me hizo caer enfermo.

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Mi salvación llegó días más tarde en forma de artículo 6.1 del Estatuto de los Trabajadores Autónomos: “derecho a la no discriminación y garantía de los derechos fundamentales y libertades públicas”. Por suerte, ya era un experto en lo que a huelgas se refiere. Nadie pudo discutirme que la huelga era un derecho fundamental recogido por la Constitución y, por lo tanto, un autónomo tenía derecho a huelga.

La salud volvió a mí como una hija pródiga a su padre. Justo a tiempo para acudir a la convocatoria de huelga del día 14. Hice todo el papeleo y avisé al Ministerio de Trabajo de mi paro voluntario, a pesar de que no afectaba a la cotización y de que seguía de baja debido a la enfermedad del asalariado que, lejos de remitir, aumentaba.

Y en plena manifestación terminé por enfermar completamente. Estaba tan eufórico que olvidé disimular, pero no hizo falta. Ninguno de los míos estaba allí y de haberlo estado no me hubiesen reconocido. Era alguien nuevo, alguien con derechos casi recién adquiridos.

Una pena que, con tanto derecho, olvidase mis obligaciones. En pleno éxtasis de fiebre salarial olvidé avisar a mis trabajadores sobre mi decisión de hacer huelga. ¿Cómo iba a saber yo que eso sería visto como un cese patronal y no como una huelga?

A los pocos días me llegó la notificación de falta grave. No hizo falta más, solo un golpe de realidad, para devolverme a la vida de trabajador por cuenta propia que siempre había llevado.

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En portada: imagen de la película Scary Movie

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Diego Sánchez

Periodista y comunicador audiovisual de formación. Periodista freelance y maquetador editorial como profesión actual. Siempre en busca de la creatividad y con un escudo de optimismo.

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