13, Rue del Coworking

espacio de coworking

13, Rue del Coworking

Desde que me hice freelance, allá por el año 2006, he cambiado varias veces de espacio de trabajo. Hace unos días, no sé muy bien por qué, eché la vista atrás y repasé mi historia como trabajadora independiente. Cuando terminé de hacer esta revisión y salí del ensimismamiento en el que había entrado, sacudí la cabeza de un lado a otro y solo acerté a decir muy bajito: “¡Madre mía!”. En ese momento fui consciente de varias cosas sobre mí y mi carrera profesional.

 

La primera es que ya llevo 12 años como trabajadora autónoma. En este tiempo, tengo la impresión de que el espíritu del baúl de la Piquer se ha apoderado de mí porque he cambiado tres veces de país de residencia y he vivido en cinco ciudades diferentes. Antes de cada viaje, lo primero que he metido en la maleta ha sido mi ordenador; mi fiel escudero con el que, cual doña Quijote y su Sancho PC, hemos ido buscando aventuras laborales por esos mundos de Dios. Y no nos han faltado… muchas y variadas; de algunas he dado cuenta en este blog, de otras… mejor no hablar y olvidar.

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Sancho PC y yo hemos dado con nuestros huesos en distintas ventas y posadas laborales: despachos caseros, coworkings, cafés, bibliotecas y hasta algún centro comercial. Todos y cada uno de ellos forman parte de mi bagaje laboral, pero uno de ellos sobresale en peso emocional y en acumulación de vivencias: el coworking. La razón es muy sencilla. En el coworking nunca estás solo: eres parte de una comunidad.

En estos momentos, volver a un espacio de coworking no es una opción para mí. Sancho PC y yo estamos instalados en el ático de mi casa; un despacho agradable y acogedor que dejaría encantada para trabajar en él solo esporádicamente. Desde mi localización actual, llegar hasta un coworking interesante supone más de dos horas al día de ida y vuelta, un dineral inconfesable en peajes y parking y mucho estrés en las carreteras de Nueva Jersey y Nueva York.

No hay nada más divertido e inspirador que entrar a formar parte del censo de un coworking. Allí encuentras todos los estereotipos de cualquier oficina, pero con la ventaja impagable de que nunca te verás obligado a trabajar, codo con codo, con nadie con quien no desees. El trabajador de un espacio de coworking es libre de hacer lo que le plazca. Las posibilidades de relacionarse con los demás son muchas. Uno puede trabajar solo o buscar proyectos conjuntos con gente afín de la oficina. Puede ser muy sociable y hablar con todo el mundo o evitar las relaciones personales. Puede llegar tarde a su mesa o ser el primero en abrir el local. Nada de todo esto es un problema porque cada uno va a su bola y el concepto de respeto es asumido por todos.

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El dibujante Ibáñez podría perfectamente hacer una actualización de su 13 Rue del Percebe utilizando un coworking como emplazamiento. Las personalidades de los pobladores de los espacios compartidos salen en sus rutinas y actos cotidianos. Las conversaciones por teléfono o videoconferencias, la forma de teclear en el ordenador, las veces y maneras de pedir ayuda a los responsables del coworking, las charlas en las pausas para el descanso, las propuestas de actividades en grupo, el nivel de integración en el microhábitat que supone un coworking dicen mucho de cada morador. Pero nada de todo esto importa a los demás porque nada afecta definitivamente a nadie. Un observador medio, que entra en un espacio de coworking, rápidamente identifica al hiperresponsable, al tímido, al ligón, al plasta, al normal, al bromista, al comprometido, al hípster, al cinéfilo, al paternalista… Y a la versión en femenino, claro. Es que yo soy de seguir los consejos de la Real Academia de la Lengua y no me gusta poner los dos géneros seguidos o la @, pero que nadie se sienta discriminado o discriminada por mi forma de escribir.

Echo mucho de menos el momento de traspasar la puerta del coworking y oír ese sonido propio que tiene. Es… ¿cómo diría?… Algo así como un silencio ruidoso. Hay ruido, pero es limpio, agradable. Es un sonido que permite trabajar, que te envuelve en la sensación de no estar solo, de no estar aislado. Si necesitas hablar con alguien de forma personal y humana, allí está. Puedes bromear o llorar sobre su hombro si lo necesitas. Nadie te fiscaliza y, si alguien lo hiciera, lo máximo que te podría ocurrir es que sintieras rabia, pero nunca impotencia o miedo porque la relación de poder no existe en un coworking.

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Cuando recuerdo mi tiempo de coworker una sonrisa acude a mis labios. Nunca falla. Automáticamente visualizo las salas de trabajo y a la gente en sus mesas y despachos: gente luchadora y con muchas ganas de perseguir sus sueños y ser feliz; gente optimista y arriesgada; gente muy agradable y, algunas personas, además, muy divertidas. Así da gusto trabajar y la pereza acude con menos frecuencia a la cabecera de la cama en el momento de oír el despertador.

Hace tiempo, en uno de mis trabajos anteriores, un personaje de esos que te encuentras en la vida y que no recuerdas precisamente con cariño, soltó una frase lapidaria y “enternecedora” en mitad de una tensa reunión: “Al trabajo no se viene a hacer amigos, se viene a trabajar”. En su caso, esa afirmación se ha debido de cumplir porque amigos, lo que se dice amigos, no creo que haya hecho muchos en el trabajo. Afortunadamente, la mayor parte de la gente no es seguidora talibán de esa tesis y, en los entornos laborales, lo más frecuente es hacer buenos amigos y también, hay que reconocerlo, algún que otro enemigo. El coworking funciona, en este aspecto, de forma más light. Se hacen grandes amigos pero raramente enemigos, todo lo más alguna que otra persona que no cae bien.

Sí, Sancho PC, sí… mi fiel escudero… te prometo que volveremos a un coworking, pero ahora no es nuestro momento. Quizás en el próximo destino porque, ¡quién sabe hacia qué lugares nos llevaran nuestras próximas aventuras!

En portada: imagen de la película La gran aventura de Mortadelo y Filemón

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Nuria Calle

Periodista freelance y escritora. La rutina no es lo suyo, por eso decidió lanzarse a la aventura de ser escritora y contar sus vivencias como ciudadana del mundo. En los últimos siete años ha vivido en Suecia, en España y en Estados Unidos. Ahora termina de trasladarse de Dallas a New Jersey.

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