El trueque: relato de un prehistórico

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El trueque: relato de un prehistórico

Hacía ya tiempo que las nieves de las montañas alrededor del valle se habían derretido. El blanco que había cubierto las laderas durante meses dejaba paso al verde de los nuevos brotes de vida. Naco llevaba todo ese tiempo dentro de su cueva, la entrada era pequeña y un tanto inaccesible, pero el interior compensaba con creces todo lo demás. Nada era mejor que unas paredes secas y un suelo compacto.

 

A ambos lados de la cueva se apilaban torres de cuencos de barro de todo tipo y forma. El invierno era largo y la soledad no ayudaba en absoluto a hacerlo más entretenido. Naco no había sido nunca muy diestro en la caza, y tras la plaga que acabó con su tribu no pudo terminar su aprendizaje. Desde entonces la cueva era su hogar y se alimentaba de lo que encontraba: plantas, frutos silvestres, pequeñas alimañas fáciles de atrapar y, cuando la tripa le rugía durante varios días, también algún que otro insecto.

Lo poco que conservaba de sus antepasados le había ayudado a sobrevivir durante estos años. Su posesión más valiosa eran las piedras de fuego que le habían dejado, bastaba chocar dos de ellas para llamar al fuego. Prácticamente era lo único que poseía: las piedras y los cuencos. Su destreza modelando arcilla unida a su aburrimiento le habían llevado a acumular gran número de recipientes aunque él apenas usaba media docena.

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La tripa le comenzó a rugir, un puñado de raíces en un cuenco era lo único que le quedaba del invierno. Cogió el cuenco, se levantó. En medio de la penumbra comenzó a buscar su chaleco. Fuera aún hacía frío, pero por suerte no demasiado, porque la prenda hecha de piel de ardilla a medio curtir era tan tosca que entre tanto agujero era difícil imaginar que proporcionase algo de abrigo.

En esta ocasión tuvo suerte, nada más salir de la cueva un pequeño hurón se daba un festín con un pájaro justo de espaldas a la escarpada entrada de su refugio. Un torrente de saliva le inundó la boca… y no era por la raíz que estaba mascando. Con mucho sigilo se acercó al animal sin soltar el cuenco de raíces, cuando estuvo a una distancia prudencial alzó el pie derecho para inmovilizarlo bajo la presión de su planta. Sin embargo, antes de poder pisar a la alimaña, el barro bajo su pierna izquierda le hizo resbalar y de pronto estaba cayendo barranco abajo…

Al despertarse estaba solo a unos metros por debajo de su cueva. La cabeza le dolía mucho, al tocarse sus dedos palparon un emplasto de hierbas. Aún estaba desorientado pero sabía que eso había sido obra de otro ser humano ¿pero quién? Por lo que Naco sabía sólo existía él. Estaba muerto de miedo, la tripa le había dejado de rugir, miraba nervioso a todos lados buscando al «otro», pero solo encontró su cuenco de raíces bocabajo y un par de huellas que guiaron su mirada hasta los arbustos. ¡En los arbustos! Algo se había movido, fijó la vista y lo vio claro, entre las sombras se perfilaba un contorno, y tras mucho observar, Naco se percató de los dos ojos entre las ramas que se fijaban sobre él con expresión curiosa.

Naco cogió un palo y se puso de pie de un salto, estaba preparado para cualquier ataque. Pero los ojos curiosos seguían impávidos entre los arbustos. Tras un rato de silencio, Naco mantenía su posición, el palo temblaba tanto como las dos manos que lo sostenían pero aún apuntaba firme al arbusto esperando un ataque inminente. Nunca ocurrió. Ante tanta expectación, la primera en hacer acto de presencia fue la tripa de Naco. Se había olvidado de que el hambre le había empujado a buscar algo de carne. Bajó la guardia y se llevó las manos a la tripa. En ese momento un trozo de carne voló desde el arbusto. Los dos grandes ojos seguían mirándole pero esta vez en cuanto hicieron contacto visual se posaron rápidamente sobre el trozo de carne cruda. En ese momento Naco supo que esa sombra, fuese lo que fuese, era de fiar. Se agachó a por la carne, estaba cruda. Una pena tener las piedras de fuego en la cueva para poder cocinarla. Aun así Naco quería mostrarse agradecido, dio un bocado al filete y tras masticarlo con dificultad la tragó. Hizo un gesto de agradecimiento y esperó una respuesta.

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No hubo ningún movimiento, su salvador seguía entre los arbustos. Entonces Naco cayó en la cuenta, esa persona le había curado y le había ofrecido comida, tenía que agradecérselo con algo más que un simple gesto. Se dio la vuelta y cogió el cuenco de raíces. Con paso firme, pero a la vez aterrado, se agachó en cuclillas y tendió el cuenco al arbusto. Tras un momento de espera los arbustos comenzaron a moverse, de ellos surgió una mujer cubierta con pieles curtidas de una sola pieza que hacían parecer el chaleco de Naco un montón de remiendos.

Naco no había dejado de mirar a la mujer a los ojos y sin darse cuenta él también estaba de pie, estupefacto, con los brazos extendidos sosteniendo el cuenco. La mujer sonrió amablemente, alargó el brazo y cogió el cuenco.

En portada: imagen de la película 10.000

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Diego Sánchez

Estudiante del doble grado en Periodismo y Comunicación audiovisual, con un gran gusto por todo lo referente al diseño de la información, ya sea en infografías, maquetación editorial o montaje de vídeos. Siempre que puede está inmerso en concursos y proyectos de desarrollo personal y creativo.

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