¿A qué te dedicas, mamá freelance?

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¿A qué te dedicas, mamá freelance?

—Pero si tú no trabajas, mamá.— Así me lo soltó mi hija de cinco años hace unos días. Confieso que me dieron ganas de dar un grito de los que hacen época, pero me contuve. Hice caso a los manuales de autocontrol y conté lentamente hasta diez, antes de darme la vuelta con la mejor de mis sonrisas falsas.

 
—¿Cómo que no trabajo, cariño?— Le respondí, con voz suave, mirándola directamente a sus dos enormes y preciosos ojos.
—Pues que no trabajas. Papá es el que va al trabajo todos los días, pero tú no. Tú te quedas aquí todo el día, sin hacer nada, mientras yo voy al cole.
“Aguanta, aguanta, no grites, no grites, tú puedes…”, oí que decía una vocecilla en mi interior.
—No digas eso. Mamá sí que trabaja… y mucho—dijo mi hija mayor, saliendo al quite y con cierto tono de temor en su voz, al percibir que estaba a punto de explotar de indignación.
—Pero ella no va a una oficina como papá—. Insistió mi pequeña.
—Pero trabaja desde casa—recalcó la mayor—. Y, a veces, va también al coworking—. Razonó orgullosa de su argumento para vencer la obstinación de su hermana.
—Y eso, ¿qué es?— preguntó entre curiosa y desconfiada la menor.
— Pues… la oficina de mamá. ¿No te acuerdas que un día fuiste?—. Aclaró mi defensora con deje de duda y fastidio a la vez.
—Mmm, no recuerdo… Bueno, da igual. Yo creo que siempre estás en casa—. Concluyó sonriente mi chiquitina, al tiempo que daba la vuelta y desaparecía del salón, sin dar más importancia a la conversación.
Yo me quedé allí plantada, medio hundida en la miseria y medio divertida por la simplicidad con la que los niños ven la vida. “¡Madre mía! No me queda tarea por delante para explicarle y que entienda en que consiste ‘mi trabajo´”, pensé, mientras sentía una mano en mi espalda a modo de pésame:
—No te preocupes, mamá. Es que es pequeña y no entiende.
—Claro, hija, eso es.
 

¡Que no hago nada! Esa es la percepción que tiene mi hija de mí. Pero, ¡si estoy pluriempleada! Es verdad que, estrictamente, no puedo decir aquello de que trabajo fuera de casa porque estoy dentro la mayor parte del tiempo. Pero yo no diría que me encuentro ociosa. Tengo muchas profesiones que desarrollo simultáneamente: cocinera, taxista, animadora, asesora de compras, enfermera, contable, juez, asistenta, costurera, decoradora, profesora y, por supuesto, periodista y escritora. Y seguro que me dejo alguna ocupación.

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Un estudio de la American Sociological Association asegura que las mujeres, que trabajan a tiempo completo tras el nacimiento de sus hijos, son más saludables, mental y físicamente, que aquellas que no se incorporan al mercado laboral o realizan tareas a tiempo parcial. Al leer esta conclusión, no sé muy bien dónde quedamos las trabajadoras independientes, que efectuamos nuestra labor profesional fuera de una oficina tradicional. La mayoría de nosotras entrelazamos totalmente la vida familiar y la laboral; bien sea estableciendo el cuartel general en casa, en un coworking o en un café. Y eso implica que, literalmente, no trabajamos a jornada completa, sino que la multiplicamos por tres. Es decir, 24 horas al día. Por lo tanto, somos la mujeres más saludables, mental y físicamente, del panorama laboral. ¡Toma ya! He aquí mi conclusión sociológica hecha en un segundo y sin despeinarme. Pero la realidad no apoya esta teoría o, al menos, no en mi caso.

Reconozco públicamente que, a veces, no me encuentro muy sana mental y físicamente. Más de una vez y de dos me siento al borde de un ataque de nervios y agotada. Los mejores consejos para superar esos momentos son: parar, respirar profundo y relativizar los problemas, que están provocando que nuestro cuerpo serrano no dé más de sí. Y, por supuesto, intentar dormir y descansar un poco más. Mi experiencia me dice que, después de estos tratamientos de choque, todo se ve un poco menos negro y la cuesta no se hace tan empinada.

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Además, hay algunos truquillos que ayudan a poner un poco de orden y separación en nuestro complicado mundo laboral. Os dejo con algunos consejos freelance que he aprendido a lo largo de los años. Lo primero que hay que asumir es que, con este plan de trabajo, es imposible tener horarios preestablecidos. Hay que tener la mente abierta a la improvisación y el cuerpo acostumbrado a trabajar a cualquier hora.

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Resulta vital aprender a priorizar el trabajo. Una buena idea es hacer una lista de tareas, de mayor a menor importancia, e ir tachándolas según se van acabando. No hay que intentar terminar con todas. Poner límites realistas y parar al llegar a ellos, es más efectivo. Disfrutar del tiempo libre, que queda en nuestro día a día, sí debería ser un objetivo irrenunciable.

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Crear un espacio de trabajo profesional, aunque sea un pequeño lugar en el salón o en una habitación, contribuye a la paz interior del trabajador independiente. Creo que la mejor opción es contar con un coworking; tanto por el oxígeno mental y físico que proporciona como por la organización laboral que supone, pero no siempre es posible o suficiente. Cada trabajo y cada vida es un mundo diferente y en la vida del freelance siempre se termina trabajando algún rato desde casa. Por eso es necesario tener “nuestro rincón”.

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No hay que tratar de llegar a todo sin ayuda. Hay que buscar apoyo efectivo. Es imprescindible. Pareja, padres, hermanos, sobrinos, amigos, vecinos, servicio doméstico… la variedad es amplia. Una vez más, depende de cada uno, pero lo que es incuestionable es que en la soledad no se sobrevive.

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Tras releer mi post me he dado cuenta de que he pecado de sexista y no me gusta. Es cierto que la mayor parte de las personas que experimentamos estas situaciones somos mujeres, pero también hay hombres que pasan por lo mismo. Además, creo que tienen el hándicap de que una parte de la sociedad les mire con pena y reprobación, ante lo que consideran una falta de virilidad y una muestra de debilidad. Soportar ese tipo de reproches silenciosos o no tan silenciosos, porque siempre hay alguien que suelta algún comentario poco afortunado, no es agradable. Vaya con ellos mi solidaridad y mi tanda de consejitos. Estamos en la misma lucha, independientemente del sexo, compañeros. Y el mismo daño hace oír “mamá no trabaja” que “papá no trabaja”.

Finalmente, he de decir que me quedo con la labor de coach de mi hija mayor que, como colofón de la famosa conversación, me dijo mientras me daba un beso:

—Mamá, tú eres increíble. Eres mamá y escritora. Y se te dan muy bien las dos cosas.
 

Menos mal que parece que mis enseñanzas y acciones terminan por calar en mis hijas y que, cuando se van haciendo mayores, entienden en qué consiste “mi trabajo”.

En portada: imagen de la película Criadas y Señoras

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Nuria Calle

Periodista freelance y escritora. La rutina no es lo suyo, por eso decidió lanzarse a la aventura de ser escritora y contar sus vivencias como ciudadana del mundo. En los últimos siete años ha vivido en Suecia y en España. Ahora termina de mudarse a Dallas, Estados Unidos.

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