¡Hola! Me presento, soy un yonqui del trabajo

adoro mi trabajo

¡Hola! Me presento, soy un yonqui del trabajo

La siguiente historia es ficción.

Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.

En ningún momento (o casi) se ha querido equiparar el ilustre ejercicio del trabajo a la drogadicción.

Tras las recomendaciones, disfrute del relato.

 

Me presento:

Soy un afortunado, adoro mi trabajo, no necesitáis saber más. Yo tampoco sabía mucho más de mí mismo por aquel entonces. Se podría decir que mi vida era mi trabajo y mi trabajo mi vida. No necesitaba nada fuera de él, solo unas cuantas horas extras para pasar el mono.

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Recuerdo mi primera incursión laboral con más miedo que vergüenza. Hiciera lo que hiciera, todo estaba mal; un elefante en una cacharrería lo habría hecho mejor que yo. Pero ahí me encontraba, dispuesto a todo, a comerme el mundo. No tardé en pillarle el truco y empezar a disfrutar. Fue como el primer paso para alguien que se convertiría en un futuro drogodependiente. Sabía que estaba mal, no estaba bien visto… pero aun así lo hacía. ¿Quién se encarga de las cuentas? ¡Servidor! ¿Quién cubre la baja de Javier? ¡Servidor! ¿Quién hace la presentación? ¡Servidor! ¿Quién…?

Antes de que me quisiera dar cuenta, tenía más competencias y responsabilidades que mi propio jefe. No me quejaba, todo lo contrario, era de lo más satisfactorio. Me sentía poderoso, imprescindible y preparado para recorrer mi propio camino. Fue entonces cuando monté mi empresa. Ya no tenía por qué soportar las malas caras de los compañeros por echar horas de más. Me despachaba los horarios a mi gusto y según mi necesidad. Cuando quería una dosis extra, solo tenía que quedarme a solas con mi ordenador, abrir la bandeja de entrada y voilà! Tenía barra libre. Nadie me impedía trabajar lo que necesitaba y quería.

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Con cada encargo, cada cliente, cada correo… la línea de lo familiar y lo laboral se desdibujaba. En cuanto tenía un momento libre, me escapaba a la oficina para adelantar algún tema. No había nada que preparar, solo una enfermiza necesidad de autosatisfacción. El tiempo libre me parecía una absurda pérdida de tiempo (valga la redundancia). Un día decidí que ir y venir de la oficina era una tontería y comencé a llevarme las tareas a casa. Nunca había sido tan feliz. Los dos juntos, hasta altas horas de la madrugada: mi trabajo y yo. El simple hecho de poder abarcar hasta cinco clientes a la vez, me producía tal subidón de adrenalina, que podía aguantar más de 24 horas sin dormir del éxtasis… La situación se me había ido de las manos.

En poco tiempo tenía ya 60 años y una grandiosa y laureada carrera a mis espaldas. No había nadie que no me conociera en el sector. Era un gigante, lo había logrado. Pero ¿qué es lo que había logrado? “¡Te has ganado el retiro!”, me decían… Yo no lo entendía, ¿el retiro? ¿Quién en su sano juicio querría retirarse? ¡Si estoy en la gloria!

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Y de pronto… ¡Zas! Me sobrevino la jubilación, sin ni siquiera pedirlo. Mis herederos me apartaron de mi provisión de felicidad, de placer, de libertad, de diversión… Ya no podía disponer de mis horas extras, de mis clientes, de mis informes… de nada. Estaba desorientado y vacío. Había perdido mi único hobby.

Esta es la historia de una desintoxicación laboral forzosa, tardía… pero efectiva.

Desde aquí un consejo: disfruta, sé libre, siente placer por tu trabajo. Pero ¡cuidado! Ningún exceso es bueno.

 

En el post: imágenes de las películas Trainpotting y T2 Trainspotting

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Diego Sánchez

Periodista y comunicador audiovisual de formación. Periodista freelance y maquetador editorial como profesión actual. Siempre en busca de la creatividad y con un escudo de optimismo.

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